miércoles, 16 de julio de 2014

Los otros Anónimos (II): Emily Dickinson

 Más de 800 poemas en 40 volúmenes esperaban impacientes en su habitación tras su muerte.  A estos se sumarían todos los poemas que inundaban su correspondencia. Emily Dickinson, poeta norteamericana, pasó parte de su vida recluida de forma voluntaria  escribiendo, acariciando el papel y la tinta, memorizando nombres de pájaros y plantas, para irse y no saber que pasaría de ser Anónima a poeta inalcanzable.











La belleza me oprime hasta la muerte
belleza ten piedad de mí
pero si muero hoy
que sea contemplándote—



Sólo una migaja

Para remediar nuestras Partes más Sombrías
Se nos dan Horas de Salubridad
Que si no sirven para la Tierra
En silencio se instruyen para el Cielo—

Dios dio un Pan a cada Pájaro—
Pero sólo una Migaja—a Mí—
No me atrevo a comérmela—aunque tenga hambre—
Mi patético lujo—

Tenerlo—tocarlo—
Prueban la hazaña—que hizo mío el Gránulo—
Demasiado feliz—por mi ocasión de Gorrión—
Para Mayor Codicia—

Tal vez haya Escasez—a mi alrededor—
No puedo dejarme una sola Espiga—
Tal Abundancia sonríe sobre mi Mesa—
Que mi Granero resulta colmado—

Me pregunto cómo se sentirán—los Ricos—
Un Conde—Un Marajá—
Creo que Yo—con una sola Migaja—

Soy Soberana de todos ellos—    

***            

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